Ya no voy a La Caleta

La Caleta. Foto José Vicente Araújo

Publicado en el número 10 de Aljaranda, septiembre de 1993

Mi descubrimiento de los encantos de la Caleta fue tardío. Quiero decir que no discurrieron por allí mis correrías de niño, ni mis paseos juveniles con muchachas, o más tarde, ya casado, con mi mujer o con mis hijos. No. Pertenezco a ese grupo de tarifeños que siempre hemos vivido de la Puerta de Jerez para arriba, lo que se conoce vulgarmente como el “barrio afuera” y los historiadores denominan extramuros de la ciudad. Mi playa es la de Los Lances y mi horizonte La Peña. De todos modos sí estuve muchas veces por aquellos lugares en distintas etapas de mi vida a las que hago referencia antes. Primero, de niño, formé parte en varias ocasiones de grupos escolares en visita al semáforo e hice cola delante del potente catalejo que en él había para contemplar admirado la maravilla de la costa africana y los barcos que navegaban por el Estrecho. Luego, de joven, y durante un tiempo de afición a la pesca de corta duración, anduve por entre las rocas y los arrecifes escarbando en los resquicios para conseguir la lombriz o el carajote que me servían de cebo para pescar bodiones y doncellas. También, en domingos de invierno, fui a mariscar más de una vez erizos, lapas, burugatos y ortigas. Esto del marisqueo acabó, como algunas otras cosas de carácter lúdico, cuando mis hijos fueron creciendo y era necesario conseguir más ingresos, con la consiguiente mayor dedicación de tiempo a un pluriempleo que me ocupaba hasta los domingos y festivos. Fueron pasando los años, mejoraron algo las condiciones económicas y, poco a poco, cambiaron las circunstancias. Nuevamente pude disponer de días y horas para el ocio. Pero ya yo no era el mismo. Doblada la curva de los cuarenta años, mi juventud se había quedado atrás; con la madurez, otras eran mis apetencias, otros mis afanes; cambian los gustos y cambian las costumbres; la edad nos condiciona y la experiencia nos modifica; descubrimos sensaciones que, aunque estuvieran latentes, pasaron desapercibidas en la primera etapa de la vida y que nos producen deleites nuevos. Encontré el placer de los paseos en soledad por lugares solitarios. Para ello no me valía el verano: en esta estación del año Tarifa y sus alrededores se pone demasiado concurrida, además de que el calor me incomoda. Tenía que ser cerca del mar y por la tarde; prefiero los ocasos a los amaneceres y la mar es para mí casi una necesidad vital.

De manera que en las tardes de sábados y domingos en otoño, invierno y primavera, convenientemente pertrechado de acuerdo con el tiempo que hiciera, encaminaba mis pasos hacia la Caleta y sus alrededores sin importame vientos, fríos o lluvias; lo importante era la soledad y por allí la tenía garantizada; aparte de que tanta o más bellezas hay en una tarde de borrasca, con temporal de poniente o levante, que en otra de bonanza, con cielo claro, mar en calma y brisa suave.

Elegí La Caleta después de desechar Los Lances, que es mi entorno natural, cuando los extranjeros la inundaron de tablas y velas de “windsurfing”, aprovechándose de la frecuencia de los vientos en la zona, lo despejado de la mar y la finura de la arena que la hacen, dicen, ideal para la práctica de este deporte. Y todo ello con el beneplácito de la mayoría, sobre todo de los que intuyeron que con esta nueva moda se podía hacer negocio. Sin embargo no me dolió que estas circunstancias me llevaran a la Caleta, más bien al contrario.

Iniciaba el paseo bajando la Calzadilla de Téllez por su acera de la derecha, cerca de las murallas, y al final, en lo que fuera Puerta del Retiro, dejaba a la izquierda el Hogar del Pensionista (antes “Colegio de Niñas”) y el Cuartel de Infantería de Marina, para enfilar la cuesta (otra vez las murallas a mi derecha) y descender luego por la bajada que conduce al mar. Para llegar a él hay que seguir por un camino estrecho, bordeado de pitas, hasta encontrarnos con el puentecillo por donde el camino se bifurca: a la izquierda un ramal empinado que lleva al semáforo; a la derecha, en suave descenso, otro ramal que lleva a la Caleta propiamente dicha y que empieza en las ruinas de lo que fuera la Casa de Salvamento de Náufragos. Escogía casi siempre el camino de la derecha, salvo en las ocasiones en que la marea alta, la pleamar, lo hacía intransitable; entonces subía al Camorro, donde estaba el Semáforo y esperaba la bajamar para comenzar mi andadura.
Vista actual de la Caleta. (Foto I. Sena)

El paseo por la Caleta tiene que hacerse necesariamente despacio; el terreno es abrupto y carece de playa; hay que andar en muchos tramos haciendo equilibrio sobre arrecifes y lajas cubiertos de resbaloso verdín, y los tramos llanos, en vez de arena, contienen un manto formado de pequeños guijarros oscuros mezclados con conchas de lapas, burugatos y caracolillos donde los pies se hunden. Todas estas dificultades favorecían su casi virginidad. Allí podíamos encontrarnos con la Naturaleza en su estado puro. Así que, despacito, con cuidado de mirar donde pisaba, andando sobre rocas resbaladizas y sobre cantos rodados, deteniéndome de vez en cuando para disfrutar de la contemplación de tanta belleza, inmerso en ella, aspirando el aroma de algas y roñas, se me iban a mi las horas muertas. Sentado sobre una piedra, viendo romper las olas en las rocas y coronarlas de espuma blanca, observando el contraste de colores y el capricho de las formas que el tiempo ha modelado en los arrecifes castigados por la rompiente del oleaje, sus distintas gamas de ocres, el verde-azul de la mar, el blanco espumerío, un cielo gris o celeste, con nubes o sin ellas, en los días claros de poniente o viento norte, las montañas azules del Atlas en el cercano Marruecos de la otra orilla, África a un paso, como a tiro de piedra de un gigante.

Además de un lugar bellísimo para la contemplación, era también ideal para la meditación y la reflexión; para encontrarse uno consigo mismo; para aclarar ideas; para hablar solo, que no es mal ejercicio; y hasta para hacer tonterías, sin testigos que te pudieran tildar de loco. Aquello parecía un mundo recién estrenado.

A la caida de la tarde desandaba el camino hasta llegar a la bifurcación y emprenderla subida al Camorro. Allí, delante del antiguo Semáforo, en una especie de terraza exterior de cara al mar, me sentaba a esperar la puesta de sol; esa hora mágica en la que la tarde se resiste a morir y la noche pugna por nacer; en la que los colores se van oscureciendo lentamente y los contornos se difuminan; en la que se puede mirar al sol sin que moleste en los ojos cuando va desapareciendo despacito por la línea del horizonte azul marino y en la que el cielo va cambiando de tonalidad mientras empiezan a parpadear las primeras estrellas. Casi simultáneamente, en la costa africana, a nuestra izquierda, se encienden las luces de la ciudad de Ceuta, y a la derecha las de Tánger; y en el centro, en nuestra costa, desde la isla de Las Palomas, la punta más meridional de Europa, el faro barre con sus ráfagas de luz intermitente la superficie de las aguas del Estrecho. Puedo dar fe de que el espectáculo es grandioso, único; único y diferente, porque no hay dos ocasos iguales, y menos todavía cuando está la mar por medio.

He gozado tanto espiritualmente por aquellos parajes, que muchas veces pensaba con tristeza que habría de llegar el día en el que por imperativo de la edad, si es que mi vida se prolonga, tendría que renunciar a mis andanzas y mis contemplaciones. No hizo falta la llegada de la vejez para la renuncia. Hace ya casi dos años que no voy por La Caleta. Me han echado. Primero fue del semáforo, que, como tal, hacía años que no cumplía con su función. Jubilaron al viejo edificio y, lo que es peor, lo vendieron a un particular, extranjero por más señas. Desde entonces, al final del estrecho y empinado camino que desemboca en la explanada de la cima del Camorro, una verja de hierro y un letrero impide y prohibe el paso.

Sin embargo todavía me quedaba la costa, que, de momento, no se puede vender. Pero llegó un tiempo en que empezaron a aparecer restos de pateras marroquíes entre los arrecifes y luego cadáveres de africanos ahogados. Había comenzado el trágico y miserable tráfico de inmigrantes clandestinos, realizados en condiciones tan inhumanas y con tan alto riesgo, que las cifras de muertos según los cálculos son elevadísimas en relación con el número de transportados. Este problema hizo que la costa fuera vigilada desde el mar y desde tierra y que los medios de comunicación tomaran carta en el asunto. Un nutrido grupo de periodistas, en su mayoría gráficos, montaron guardia para captar las imágenes de los desembarcos. En las televisiones y en fotos de periódicos, todos hemos podido ver las imágenes de la tragedia y que tenía como marco y escenario La Caleta. Aquel paraje, virginal hasta entonces, fue también mancillado. Y no me refiero a la arribada en alubión de los pobres africanos que al fin y al cabo vienen huyendo del hambre y la injusticia, sino a todo lo que ha sobrevenido después. Ahora, a España, como miembro de la Comunidad Europea le toca ejercer aquí la función de gendarrme para impedir la entrada de inmigrantes, para estos desesperados hay leyes que hablan de cupos y condiciones, permisos de residencia, visados, etc.

Mientras, muy cerca, por la espaciosa playa de Los Lances, en sus limpias aguas, velas multicolores y estilizadas tablas navegan empujadas por el viento transportando a lo más florido de la juventud de Europa. Son fuertes, musculosos, bulliciosos, alegres, jóvenes; vienen de los países superdesarrollados, traen divisas. Estos no necesitan permisos de residencia; para ellos no hay cupos ni condiciones; cuanto más vengan más contentos todos. O casi todos; porque a mí estos contrastes no puedo evitar (ni quiero) que me entristezcan y me indignen; y aunque comprenda que las leyes tienen que ser respetadas, también creo que éstas, las leyes, deben ser respetables. Y no todas lo son. Repasando la historia comprobaremos cómo Jesucristo, Giordano Bruno, Galileo Galilei, Fray Luis de León o Miguel Servet, por poner unos cuantos ejemplos, fueron detenidos, juzgados y condenados, cumpliendo con todos los requisitos de las leyes políticas y religiosas de su tiempo.

Por todas estas razones he dejado de ir a la Caleta. Valga mi renuncia a modo de penitencia autoimpuesta por la parte que me corresponda en la injusticia y sin que por ello me considere ya eximido de culpa. Y aunque la renuncia produzca un desgarramiento, siempre será mejor tener el corazón desollado que tenerlo encallecido. Por último, el recuerdo de la frase de una hermosa canción que hace algunos años cantaba Mercedes Sosa. Decía así: Sólo le pido a Dios que lo injusto no me sea indiferente.

One Response

  1. Pilar Carmona García says:

    Hay en Tarifa un sitio del que no hablo con nadie y del que no hablaré aquí porque es el único lugar que no ha cambiado nada desde hace 40 años, tiene que ver con las rocas, con los pulpos, con las gallinas, con África, con embarcaderos abandonados, con agua infundidas de vida marina y minerales triturados, con perros comepiedras, con ovejasperro y gatos famélicos, con tarifeños de Tarifa, con jaboneras, con arroyos y caballos, con águilas, gaviotas y serpientes. Ahí, en ese sitio con la roca como almohada siempre doy gracias por estar viva y poder volver cada año.

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