Antipático

¿Primera? columna de la serie Destierros, publicada semanalmente en el diario Europa Sur

Las pasadas navidades recibí la felicitación postal de una antigua amiga lejana en la que, entre otras cosas, me decía “… cómo iba yo a pensar que aquel chico tan serio y, a veces, tan antipático…”. La frase continuaba con un final elogioso que por pudor no transcribo. El elogio venía por algo que yo había escrito en una revista y que ella había leído.

Y es que esto de escribir en los papeles es como desnudarse en público, o como jugar una partida de cartas con las tuyas boca arriba y las de los demás boca abajo. Quien escribe, siempre está en desventaja con quienes lo leen; el primero es esclavo de sus palabras, los otros, señores de su silencio. De lo que se deduce que el oficio de escribidor va hermanado con el riesgo y, en ocasiones, puede llegar a ser peligroso. Para un elogio que recibas, cosa que ocurre rara vez,
las críticas te llegan como los boquerones fritos: a manojos. Y todavía cuando te la hacen cara a cara o por el mismo medio en que te expresas debe uno hasta agradecerlas. Lo peor son las otras; las que se callan, pero se guardan.

Sentada la premisa de que escribir supone riesgo, todo aquél que escribe sabe a lo que se expone; y, si es fiel a sí mismo, debe seguir el canino que cada cual se haya trazado enfangándose si es preciso hasta las trancas en su búsqueda de la verdad. Esto, posiblemente no le procurará la felicidad, pero habrá conseguido al menos no ser menospreciado por infeliz. Algo es algo.

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